lunes, 14 de marzo de 2022

El derecho de información ante la guerra


 Por Julio Conesa.


Me ha costado decidirme a escribir. Lo he pensado bastante porque puede qué lo que vaya a decir no se entienda, se considere no adecuado en estas circunstancias.


No me refiero a la invasión de Ucrania por Putin, a la guerra, a la masacre que se está produciendo.


Ni tampoco a la admirable atención que se está dando a las personas refugiadas. Ver cómo se han volcado las organizaciones humanitarias, la ciudadanía y las administraciones.


Sino porque con la excusa de que la primera víctima de toda guerra es la verdad se ha optado en nuestras democracias occidentales por “prohibir” y lo digo con estas palabras: “prohibir” aquellos medios de información, comunicación qué procediendo de fuentes rusas o vinculadas a estas, estén dando información susceptible de entenderse cómo manipulada y en beneficio ver los argumentos del Kremlin.


Me preocupa cómo ciudadano de un Estado social y democrático de derecho qué se acepte como normal la prohibición de la libertad de expresión, de información y de opinión, cómo si no fuéramos adultos autónomos con conocimiento, con capacidad de discernir, con pensamiento crítico, qué puedan formarse opinión personal. Que requieren de tutela.


En esta situación de conflicto y guerra, la Democracia está obligada a mantener en alto los valores que defiende y no es precisamente este tipo de decisiones los que la refuerzan. La prohibición de los medios, sean del color que sean solo, pueden perjudicar a la Democracia.


Comprobar como se extiende una idea uniforme, homogénea y dirigida sin posibilidad de contraste es una de las cosas que lamento profundamente.


No he tenido ocasión asistir a ningún debate público en el que se pudiera abordar, con claridad, las diferentes opiniones al respecto de la situación actual, cómo afrontarla; cómo buscar la salida lo antes posible; qué decisiones deberían ser las más adecuadas para frenar esta masacre; la conveniencia o no de propiciar la mediación con la intervención de la Unión Europea cómo fuerza autónoma de otros actores; etc.


Sin embargo, observo perplejo, cómo el mensaje es único, permanente, se mire a dónde se mire, sin contraste, sin matices, lo cual nos puede llevar a no tardar mucho a una situación peligrosa en una sociedad que ha vivido recientemente tiempos de gran polarización.


La simple manifestación de dudas respecto hecho de que se esté enfocando adecuadamente las medidas para la búsqueda de la paralización inmediata de la guerra puede suponer que se acuse de herejes, prorrusos, o cosas peores, a cualquiera que así se exprese.


En la práctica eso solo puede acabar con la división en nuestra propia sociedad o con el silencio de las mentes críticas por autocensura.


viernes, 11 de febrero de 2022

El derecho del Sindicato (delegado o delegada sindical) a obtener información de la administración.

 


La falta de información al Sindicato sobre los temas que tienen acomodo en el Estatuto de los Trabajadores (art. 62 y 64) y la Ley Orgánica de Libertad Sindical (art. 10), en relación con el personal laboral, así como en el Estatuto Básico del Empleado Público (art. 40), en relación con el personal funcionario y estatutario, entendidos en sentido amplio, como materias afectantes a las condiciones de trabajo del personal, puede constituir una vulneración del derecho fundamental a la libertad sindical.


Es reiterada la doctrina del Tribunal Constitucional (entre otras SSTC 164/93, de 18 de mayo; 61/89, de 3 de abril), en el sentido de que junto al derecho que conforman el núcleo esencial del derecho fundamental de libertad sindical, existen otros creados por la Ley, que conforman lo que se ha denominado el núcleo adicional de aquel derecho fundamental, de forma que el desconocimiento de estos derechos supone también violación del derecho fundamental.


En éste sentido, el derecho a la información sobre determinados temas de interés para el personal funcionario viene recogido en el TREBEP, y para el personal laboral en el Estatuto de los Trabajadores, posibilitándose el ejercicio de la acción sindical con el reconocimiento del derecho a la información de los delegados sindicales a través del art. 10.3 de la LOLS establece que los delegados sindicales tendrán los mismos derechos que los miembros de los Comités de Empresa y de los órganos de representación en las Administraciones, refiriéndose expresamente al derecho a obtener la misma información que éstos.


El art. 10.3 LOLS que mencionamos, establece idénticos derechos, a los efectos que nos ocupan a los delegados sindicales y al comité de empresa:

«(…) 3. Los delegados sindicales, en el supuesto de que no formen parte del comité de empresa, tendrán las mismas garantías que las establecidas legalmente para los miembros de los comités de empresa o de los órganos de representación que se establezcan en las Administraciones Públicas, así como los siguientes derechos a salvo de lo que se pudiera establecer por convenio colectivo:

1º. Tener acceso a la misma información y documentación que la empresa ponga a disposición del comité de empresa, estando obligados los delegados sindicales a guardar sigilo profesional en aquellas materias en las que legalmente proceda.


Y es que, como ha declarado de una forma reiterada el Tribunal Constitucional, el derecho a la libertad sindical, recogido en el art. 28.1 CE, comprende, junto a facetas puramente organizativas, también el derecho de los grupos sindicales a desplegar su actividad específica, esto es, el derecho a que los sindicatos realicen las funciones que de ellos es dable esperar, de acuerdo con el carácter democrático del Estado y con las coordinadas que a esta institución hay que reconocer (por todas, STC núm. 75/1992, de 14 de mayo). En este sentido, se encuentra dentro de sus facultades el derecho de información en tanto que guarda relación directa con la obligación que los representantes sindicales tienen respecto de los trabajadores a quienes representan. Así, éstos no sólo gozan del derecho a recibir información del empresario acerca de las cuestiones previstas en el art. 64 ET sino que también pesa sobre ellos el deber de mantener informados a sus representados. Y ello en tanto que ese flujo de información es el fundamento de la participación, permite el ejercicio cabal de una acción sindical, propicia el desarrollo de la democracia y del pluralismo sindical y, en definitiva, constituye un elemento esencial del derecho fundamental a la libertad sindical (SSTC núm. 94/1995, de 19 de junio y 168/1996, de 29 de octubre, entre otras muchas).


La Sentencia de la Sala de lo Social del TSJ de Castilla-la Mancha de 3 de 3 de mayo Rec. sup. 168/1995, declara la existencia de una conducta antisindical a cargo del INSALUD, condenándole al cese de su comportamiento y a la indemnización al sindicato de 1.000.000 de pesetas. Quedó acreditado que diversos intentos de recibir información por parte del Sindicato CCOO del Gerente de un Hospital de Toledo no fueron atendidos por éste.


La Sentencia de la Sala de lo Social del TSJ de Andalucía/Sevilla de 27 de enero de 1.995 Rec. Sup. 2898/1994, declara que constituye atentado a la libertad sindical la negativa del Servicio Andaluz de la Salud a dar información a CCOO sobre percepción de complemento de productividad por los cargos directivos. La misma Sala en sentencia de 22 de diciembre de 1.995 Rec. Sup. 6/1995) declara la existencia de vulneración del derecho fundamental cuando la Empresa se niega, entre otros extremos, a dar igual información y documentación a la sección sindical demandante que a otras secciones sindicales.


Entiende vulnerado el derecho fundamental de libertad sindical, la sentencia del TSJ de Andalucía/Sevilla de 24 de marzo de 1998 Rec. Sup. 4786/1997 ante la negativa del Gerente de centro sanitario del Servicio Andaluz de la Salud, para dar información sobre complemento de productividad, política de personal, actividades de formación continuada, reconocimiento médico al personal expuesto a radiaciones, contrataciones.


La sentencia del TSJ de Baleares de 17 de mayo de 1.995 Rec. Sup. 229/1995, mantiene que se vulnera el derecho fundamental a la libertad sindical, por parte de un Gerente de Hospital del INSALUD al no facilitar a sindicato información sobre horas de exceso realizadas por la plantilla en los años 1991 y 1992 y su abono o compensación.


La sentencia del TSJ de Andalucía/Málaga de 8 de marzo de 1.995 Rec. Sup. 352/1995 también entiende producida la vulneración del derecho al omitir la entrega de información.


La sentencia del TSJ de Andalucía/Málaga de 19 de julio de 1996 Rec. Sup. 2/1996, mantiene igual declaración como consecuencia de que el Ministerio de Defensa no reconoce a los delegados sindicales el derecho a las mismas competencias, funciones e información que tienen los miembros del Comité de Empresa. Condena al abono de indemnización.


La sentencia del TSJ Andalucía/Málaga de 30 abril 1998 Rec. Sup.  1486/1997 declara la vulneración del derecho fundamental de libertad sindical ante la denegación de información a representantes sindicales sobre la política de personal de un Ayuntamiento contraviniendo lo establecido en el Convenio colectivo


La sentencia del TSJ de Madrid de 21 de febrero de 1.996 Rec. Sup. 6573/1995, entiende que la falta de información al sindicato actor sobre la cobertura de plazas en la Comunidad Autónoma de Madrid con incumplimiento de lo pactado en Convenio Colectivo vulnera el derecho de libertad sindical.


La sentencia del TSJ de Cantabria de 15 octubre 1998 Rec. Sup. 1198/1998 contiene igual pronunciamiento al ser denegada la información solicitada por un Sindicato contenida en determinados documentos.

   

Otras sentencias con doctrina que podéis consultar sobre la vulneración del derecho fundamental de libertad sindical en supuestos similares, son las del TSJ de Canarias/Sta. Cruz de Tenerife de 30 de septiembre de 1993 Ar. 3793; TSJ Andalucía/Sevilla de 29 de julio de 1994 Ar. 3120; ó TSJ Castilla-León/Valladolid de 20 de julio de 1993 Ar. 3447.


Específicamente refiriéndose a la obligación empresarial de entregar a los delegados sindicales copia básica de los contratos, la sentencia del TSJ Murcia de 24 abril 1999 Rec. Sup. 1594/1998 condena por vulneración del derecho del mismo derecho fundamental ante la negativa a entregar copias básicas de contratos, condenando igualmente a una indemnización.


La STSJ de Murcia de 10 de marzo de 1995, Rec. 1592/1994, entiende que la empresa vulnera el derecho de libertad sindical de uno de los miembros del Comité y Delegado Sindical por, entre otras cuestiones, no facilitarle copia básica de los contratos.


La STSJ de Murcia de 29 de septiembre de 1992, Rec. 7/1992, declarando el derecho de Delegado Sindical a recibir la copia básica de los contratos de trabajo.


Finalmente cabe hacer referencia al interesante Expte. No 60/2019 Resolución N.o 117/2019 del Consejo de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno de la Comunidad Valenciana de 12 de septiembre de 2019 ante la falta de información y respuesta del Ayuntamiento de Guardamar del Segura a un sinfín de escritos de petición de información. Acceso al documento: https://tinyurl.com/y72az5jp


domingo, 28 de noviembre de 2021

Las viejas políticas.


 Por Julio Conesa


Los tiempos que siguieron al 15M fueron ilusionantes por cuanto suponía una bocanada de aire fresco en el sistema y la esperanza de poder acceder a las instituciones de aquellos que procediendo de “las plazas” parecían condenados a no poder llegar a esos niveles de responsabilidad.


También tuvo un efecto evidente en los partidos tradicionales que se vieron obligados a mover ficha, a captar la corriente de renovación inaugurada para no quedar atrás. Así, caras nuevas empezaron a despuntar, mayor presencia de mujeres, incluso aparcando las chaquetas y saliendo a la arena en mangas de camisa.


Después, vinieron las elecciones, nacionales, municipales, autonómicas…cayó el bipartidismo, dicen que para no volver (veremos).


Pero lo cierto es que los cambios requieren de más tiempo para que se produzcan en profundidad y sólo así pueden imbricar en la sociedad, hacerse duraderos. Mientras tanto las fuerzas que aborrecen la modificación del “estatus quo” no han dejado de acechar constantemente en su obsesión por que las cosas vuelvan al cauce que les ha sido siempre favorable. No pueden tolerar por mucho tiempo que esta colada consolide una nueva fajana de realidad.


La resistencia al bipartidismo es más que evidente en la izquierda, no así en la derecha donde observamos claramente un proceso de reducción del espacio a dos actores principales con vistas a una integración de facto mas pronto que tarde, aunque mantengan ciertas apariencias diferenciadoras.


¿Que hemos observado en el ámbito municipal? Que el impulso inicial que representaron los llamados “ayuntamientos del cambio” se fue diluyendo (salvo alguna excepción) en el segundo proceso electoral municipal tras el 15M.


Y aunque de entrada siguió trasladándose la idea de que los políticos nuevos traerían nuevas políticas, lo cierto es que las aguas fueron retornando a los cauces establecidos, y así, la recuperación de mayorías absolutas, por ejemplo, sacó a flote aquello que alguien pensó ya desterrado.


En el ámbito municipal no llegó nunca a cuajar (en términos generales) un cambio profundo, al menos en lo que supone la política en materia de personal, gestión del gobierno interior, funcionamiento administrativo, relaciones entre el poder político y la representación legal de las trabajadoras y trabajadores municipales.


Si durante años tuvieron que ser los tribunales los que mediaran, obligando a cumplir las normas en materia de negociación, pues ahora más de lo mismo.


La judicialización de las relaciones laborales en el ámbito de las entidades locales es desde siempre el cauce normal de solución al “no entendimiento”. La vieja y obsesiva política de no reconocer las obligaciones que conlleva la negociación colectiva y la buena fe en el proceso, siguen siendo el mayor obstáculo para que entre, con pleno derecho, la democracia laboral en los ayuntamientos.


Supongo que los partidos y organizaciones política forman a sus representantes en las administraciones en aquellas materias que han de gestionar: urbanismo, medioambiente, seguridad…. Pero parece evidente que ni antes, ni ahora, los tiempos inaugurados por el 15M han supuesto una inflexión, un cambio de modelo en el trato, unas relaciones laborales como exige una democracia plena en los ayuntamientos: respeto por los derechos y reconocimiento de la contraparte como un igual con el que hay que alcanzar acuerdos en interés del funcionamiento, eficacia y eficiencia de los servicios a la ciudadanía.

viernes, 5 de noviembre de 2021

¡Que calaña!

 


Por Julio Conesa.


En ocasiones uno se entera de sucesos que pensaba sólo fruto de la imaginación o de algún argumento de película, pero no, va y resulta que es pura verdad, como aquello que en ocasiones ve en la gran pantalla y le hace reflexionar.


Hace unos días me encontré con una compañera, delegada de personal del ayuntamiento de Burjassot y profesora de fotografía en la Casa de la Cultura, que me traslado malas noticias. Había solicitado la extinción de su relación laboral con el ayuntamiento. Y la razón era el cambio sustancial que habían impuesto de manera unilateral en sus condiciones de trabajo, convirtiéndolo en un puesto de trabajo irrelevante, casi en anecdótico.


Ya había recogido su finiquito. Me quedé sorprendido. Con la que está cayendo, ¿quién se marcha y ya está? 


Me explicó cómo había acabado el acoso y derribo que llevaba sufriendo desde junio del 2020, que le modificaron los horarios imponiéndole los cambios con decisiones unilaterales de manera sucesiva durante más de un año; que se había producido a pesar de su condición de delegada de personal, o tal vez por esta razón. 


Decisiones como la comunicación verbal de su despido en junio del 2020 que finalmente no se formaliza; no llamarla a que se incorporara en su puesto de trabajo para el curso 2020-2021, sin previo aviso ni informe técnico alguno que lo avalase y que suponía un agravio comparativo en relación al resto de cursos municipales que sí se estaban llevando a cabo en aulas del consistorio, con la excusa de la pandemia, por lo que se paso un año sin empleo ni sueldo y solo lo hicieron con los cursos de cultura y no con el resto de propuestas educativas municipales desarrolladas también en aulas municipales...  hasta la eliminación sin previo aviso ni consulta del actual proyecto docente. Proyecto sustituido por unos cursos con unas nomenclaturas genéricas, e incluso con cursos que no se correspondían con su profesión y ocupaban casi la mitad de su jornada laboral; cursos, todos ellos, carentes de contenidos y que eliminaban la posibilidad de continuidad del alumnado.


De todo el proyecto docente, solamente dejaron medio vivo un curso, y ni tan siquiera lo dotaron de las herramientas necesarias para poder impartirlo correctamente. Con una previsible disminución de matriculas que, además, cerraron drásticamente, algo inédito hasta el momento. 


Me contaba que había llegado hasta donde ha sido posible, pero que su salud física y emocional se está resintiendo mucho y que tras 20 años de servicio no podía aguantar más porque, sencillamente -no puedo más y no me han dejado ninguna otra alternativa-


Le pregunté por los motivos de toda aquella política y me dijo que no lo sabía, que no entendía nada. Como a estos políticos del ayuntamiento les podía importa tan poco la cultura y el trabajo de la gente para ir cargándose sibilinamente todo un proyecto de cursos, pero menos aún la forma y saña con la que lo habían hecho.


Yo pensé que sí. Que en ocasiones hay políticos que usan las malas artes para quitarse de encima a quienes molestan como empresarios decimonónicos, amos y señores del destino de las personas. Pero eso sí, con métodos que aparenten normalidad justificada. 


Me dijo que lamentaba profundamente el haberse quedado sin el trabajo con el que tanto disfrutaba, con una indemnización pequeña en relación incluso al despido objetivo, sin derecho a paro y, debido a la disminución de la jornada impuesta, con un subsidio totalmente ridículo. Pero que no aguantaba más. Y que lamentaba no seguir al lado se sus compañeros y compañeras, con el personal docente del ayuntamiento al que, por cierto, siguen vapuleando.


Me quedé reconcomiéndome por dentro, animándola, y convencido que la lucha sindical no es sólo por mejoras laborales, sino contra estas malas prácticas, contra esta calaña.



Mi artículo fue publicado en Levante de l'Horta el 6/11/2021, y en mi blog "PRAXIS LOCAL" 


Sugiero que denuncies todos los casos semejantes. Hay que acabar con esta calaña!


* Enviar los mensajes a denunciarhastaqueseacabe@gmail.com.


* Centro de trabajo.

* Persona o personas afectadas.

* Cargo del responsable político de los hechos.

* Actuaciones realizadas para resolver o paliar la situación.

* Situación actual.

domingo, 24 de octubre de 2021

La obsesión presentista


Por Julio Conesa


Con los confinamientos y todo el periodo posterior al que nos abocó la pandemia del COVID´19 se pusieron en evidencia muchas cosas.


Afloró de nuevo la conciencia colectiva de que los servicios públicos eran útiles, necesarios e imprescindibles. Que muchos trabajos se mostraron como lo que son: “esenciales”. Y que la Ciencia, con mayúscula, es la verdadera gran baza de la humanidad para poder hacer frente a los desafíos que nuestra existencia tiene por delante.


También que un número importante de puestos de trabajo se pueden desempeñar con plena eficacia mediante el teletrabajo: con carácter temporal o de manera permanente con coordinación presencial ocasional con la empresa.


Se puso en evidencia que el presentismo generalizado, la norma común hasta ese momento, no era garantía ni de productividad, ni de eficacia laboral. Pues el teletrabajo ha logrado salvar muchos puestos de trabajo y mantener niveles de rentabilidad que hubieran resultado imposibles en estas circunstancias.


En 2019 con la pandemia y el decreto de alarma, el número de personas empleadas desplazadas de la oficina a sus hogares superó los 3,5 millones de personas en el segundo trimestre. A cierre de 2020, el total de teletrabajadores se moderó hasta situarse en los 2,86 millones y aún así, supuso un incremento interanual de un 74,2%. 


Estos hechos relacionados con el teletrabajo -incluida la aprobación exprés de una norma para regular el trabajo a distancia y favorecer la conciliación- no llega, sin embargo, al nivel de inserción que este modelo laboral ha logrado en los países vecinos. Y es que, la proporción de teletrabajadores dentro del total de ocupados en España se sitúa en el 14,5% frente al 21,5% de media de la Unión Europea y relega al país al puesto 16 de 22. (fuente: ElEconomista.es)


Países que siempre son referidos como ejemplo sitúan el teletrabajo en niveles muy altos: Suecia y Holanda son los únicos dos países europeos en los que el teletrabajo aplica entre más del 40% de los ocupados, con un 40,9% y 40,1% respectivamente.


Ahora, cuando el nivel de vacunación y la prudencia instalada como norma de comportamiento nos abocan a una normalidad poco a poca recuperada, también vuelven los viejos esquemas de funcionamiento laboral a imponerse. Parece que no seamos capaces de incorporar lecciones aprendidas, tan importantes como adaptar la fórmula del teletrabajo a lo cuotidiano.


Empresarios, gerentes y políticos recuperan obsesivamente el presentismo como única fórmula válida para garantizar un funcionamiento “normalizado” de los puestos de trabajo. Incapaces de superar los viejos esquemas porque nunca se creyeron las teorías de la psicología social y de empresa sobre la necesidad de cuidar al “cliente interno” con políticas de motivación e incentivos que generen un clima laboral favorecedor de una mayor productividad y eficacia.


Y así, en este marco, vemos como en las administraciones locales se paraliza la negociación de “Acuerdos y Protocolos de implementación del teletrabajo” o se dejan sin efecto los que venían funcionando, sin valorar conjuntamente con la representación de las trabajadoras y trabajadores en que áreas convendría mantener un sistema mixto o permanente, qué fórmulas debería aplicarse para garantizar la utilidad del teletrabajo en el ámbito de la conciliación familiar y laboral, etc.


Y de nuevo, se impone el presentismo como única fórmula de realización de las tareas en todos los puestos de trabajo imponiéndose frente a otras fórmulas que se han demostrado compatibles e incluso más productivas y eficaces.


miércoles, 20 de octubre de 2021

Yo soy machista

 Por Julio Conesa

Sí. Aunque resulte fuerte decirlo así. Estoy convencido que para empezar a superar esta condición (sí, condición) es necesario empezar por reconocerlo. Sólo así uno puede hacer frente a los miedos que conlleva plantearse seriamente “deconstruir” mi formación como hombre, en una sociedad que bajo esta premisa me ha colocado en el centro de todo, trasladando a la mujer a la periferia como algo adicional a mi existencia.

Nací como todos en el marco de una sociedad en la que los varones teníamos y tenemos una consideración especial. Se ha escrito mucho sobre ello. No me voy a extender.

Pero mi machismo es condición circunstancial, no es natural, no es consustancial al sexo. Es fruto de milenios civilizatorios de la especie humana y los condicionantes en los que se han desarrollado las sociedades hasta nuestros días.

Negar esta realidad, defender que quiero y siento la necesidad de ser compañero de viaje en el proceso de liberación feminista no me salva del peso que representa ser consciente de mi mismo y el bagaje de esencias que llevo conmigo desde siempre.

Muy temprano. Tal vez con 19 años empecé a abrir los ojos a una realidad que me chocaba. Ellas, valientes, luchadoras, arriesgaban todo. Como nosotros. Sin embargo, había cierto halo de paternalismo por nuestra parte hacia el trabajo que desarrollaban ellas.

Recuerdo los debates en torno a la liberación de la mujer. Las primeras jornadas feministas en la facultad del Campus de Basco Ibañez (no recuerdo si era la de “Económicas”). Si debíamos o no participar los hombres, viendo como algunos tomaban rápidamente la palabra para “indicar el camino” que “ellas” debían seguir.

Durante años he puesto esfuerzo y dedicación a incentivar, animar y empujar al compromiso social a compañeras y amigas. Y no se si en el fondo no hacía como esos mismos que “tomaban la palabra” de manera “paternal” para indicarles el camino.

He pasado toda la vida negándome la realidad a mi mismo, auto-convenciéndome de que “yo también era feminista”. Este error me ha llevado durante años a no poder interiorizar lo que supone el desafío de serlo realmente.

La complacencia que me proporcionaba sentirme diferente, sin embargo, me alejaba del verdadero compromiso. Es necesario replantearse las convicciones y los sentimientos, buscar un nuevo enfoque a las cosas donde los principios más básicos y esenciales preñados de “machismo inconsciente” sean removidos desde lo más profundo.


Esta reflexión la hago pública, avergonzado de las cosas que vengo viviendo un día sí y otro también desde hace años. La insoportable sensación de que en lo más profundo estoy ligado de alguna manera a esos energúmenos que causan tanto dolor, solos o en manada.

El otro día una amiga se preguntaba en las redes sociales que para cuando manifestaciones, concentraciones, actos de protesta solidaria de hombres, sólo hombres, por todo lo que estamos viviendo.

En los grupos virtuales en los que me muevo (mayoritariamente hombres) planteé esta misma cuestión. Dije que sentía vergüenza por los abusos, las violaciones, y que debíamos responder desde nuestra realidad de hombres que repudian estos actos y el trasfondo que hay tras ellos: El machismo que a todos nos condiciona.

Todos desviaron la mirada hacia lo concreto. El caso o casos que se dan. Descontextualizando esta realidad. Que si “psicología del violador”, que si las “pulsiones”, que si Freud….

¿Es tan difícil de entender?

Tal vez. Porque ir a la raíz lleva implícito un esfuerzo extremo. Darle la vuelta a la piel de cada uno, como un calcetín. Desnudarnos ante el espejo y reconocernos en lo que no queremos ver.

lunes, 11 de octubre de 2021

El trabajo en la sociedad moderna


Texto del filósofo, sociólogo y ensayista Zygmunt Bauman, publicado por primera vez en su libro "Work, consumerism and the new poor" 



Por: Zygmunt Bauman


Las sociedades tienden a formarse una imagen idealizada de sí mismas, que les permitirá «seguir su rumbo»: identificar y localizar las cicatrices, verrugas y otras imperfecciones que afean su aspecto en el presente, así como hallar un remedio seguro que las cure o las alivie. Ir a trabajar —conseguir empleo, tener un patrón, hacer lo que este considerara útil, por lo que estaría dispuesto a pagar para que el trabajador lo hiciera— era el modo de transformarse en personas decentes para quienes habían sido despojados de la decencia y hasta de la humanidad, cualidades que estaban puestas en duda y debían ser demostradas. Darles trabajo a todos, convertir a todos en trabajadores asalariados, era la fórmula para resolver los problemas que la sociedad pudiera haber sufrido como consecuencia de su imperfección o inmadurez (que se esperaba fuera transitoria).


Ni a la derecha ni a la izquierda del espectro político se cuestionaba el papel histórico del trabajo. La nueva conciencia de vivir en una «sociedad industrial» iba acompañada de una convicción y una seguridad: el número de personas que se transformaban en obreros crecería en forma incontenible, y la sociedad industrial terminaría por convertirse en una suerte de fábrica gigante, donde todos los hombres en buen estado físico trabajarían productivamente. El empleo universal era la meta no alcanzada todavía, pero representaba el modelo del futuro. A la luz de esa meta, estar sin trabajo significaba la desocupación, la anormalidad, la violación a la norma. «A ponerse a trabajar», «Poner a trabajar a la gente»: tales eran el par de exhortaciones imperiosas que, se esperaba, pondrían fin al mismo tiempo a problemas personales y males sociales compartidos. Estos modernos eslóganes resonaban por igual en las dos versiones de la modernidad: el capitalismo y el comunismo. El grito de guerra de la oposición al capitalismo inspirada en el marxismo era «El que no trabaja, no come». La visión de una futura sociedad sin clases era la de una comunidad construida, en todos sus aspectos, sobre el modelo de una fábrica. En la era clásica de la moderna sociedad industrial, el trabajo era, al mismo tiempo, el eje de la vida individual y el orden social, así como la garantía de supervivencia («reproducción sistémica») para la sociedad en su conjunto.


Empecemos por la vida individual. El trabajo de cada hombre aseguraba su sustento; pero el tipo de trabajo realizado definía el lugar al que podía aspirar (o que podía reclamar), tanto entre sus vecinos como en esa totalidad imaginada llamada «sociedad». El trabajo era el principal factor de ubicación social y evaluación individual. Salvo para quienes, por su riqueza heredada o adquirida, combinaban una vida de ocio con la autosuficiencia, la pregunta «Quién es usted» se respondía con el nombre de la empresa en la que se trabajaba y el cargo que se ocupaba. En una sociedad reconocida por su talento y afición para categorizar y clasificar, el tipo de trabajo era el factor decisivo, fundamental, a partir del cual se seguía todo lo que resultara de importancia para la convivencia. Definía quiénes eran los pares de cada uno, con quiénes cada uno podía compararse y a quiénes se podía dirigir; definía también a sus superiores, a los que debía respeto; y a los que estaban por debajo de él, de quienes podía esperar o tenía derecho a exigir un trato deferente. El tipo de trabajo definía igualmente los estándares de vida a los que se debía aspirar y que se debían obedecer, el tipo de vecinos de los que no se podía «ser menos» y aquellos de los que convenía mantenerse apartado. La carrera laboral marcaba el itinerario de la vida y, retrospectivamente, ofrecía el testimonio más importante del éxito o el fracaso de una persona. Esa carrera era la principal fuente de confianza o inseguridad, de satisfacción personal o autorreproche, de orgullo o de vergüenza.


Dicho de otro modo: para la enorme y creciente mayoría de varones que integraban la sociedad postradicional o moderna (una sociedad que evaluaba y premiaba a sus miembros a partir de su capacidad de elección y de la afirmación de su individualidad), el trabajo ocupaba un lugar central, tanto en la construcción de su identidad, desarrollada a lo largo de toda su vida, como en su defensa. El proyecto de vida podía surgir de diversas ambiciones, pero todas giraban alrededor del trabajo que se eligiera o se lograra. El tipo de trabajo teñía la totalidad de la vida; determinaba no sólo los derechos y obligaciones relacionados directamente con el proceso laboral, sino también el estándar de vida, el esquema familiar, la actividad de relación y los entretenimientos, las normas de propiedad y la rutina diaria. Era una de esas «variables independientes» que, a cada persona, le permitía dar forma y pronosticar, sin temor a equivocarse demasiado, los demás aspectos de su existencia. Una vez decidido el tipo de trabajo, una vez imaginado el proyecto de una carrera, todo lo demás encontraba su lugar, y podía asegurarse qué se iba a hacer en casi todos los aspectos de la vida. En síntesis: el trabajo era el principal punto de referencia, alrededor del cual se planificaban y ordenaban todas las otras actividades de la vida.


En cuanto al papel de la ética del trabajo en la regulación del orden social, puesto que la mayoría de los varones adultos pasaban la mayor parte de sus horas de vigilia en el trabajo (según cálculos de Roger Sue para 1850, el 70% de las horas de vigilia estaban, en promedio, dedicadas al trabajo [18] ), el lugar donde se trabajaba era el ámbito más importante para la integración social, el ambiente en el cual (se esperaba) cada uno se instruyera en los hábitos esenciales de obediencia a las normas y en una conducta disciplinada. Allí se formaría el «carácter social», al menos en los aspectos necesarios para perpetuar una sociedad ordenada. Junto con el servicio militar obligatorio —otra de las grandes invenciones modernas—, la fábrica era la principal «institución panóptica» de la sociedad moderna.


Las fábricas producían numerosas y variadas mercancías; todas ellas, además, modelaban a los sujetos dóciles y obedientes que el Estado moderno necesitaba. Este segundo —aunque en modo alguno secundario— tipo de «producción» ha sido mencionado con mucha menor frecuencia. Sin embargo, le otorgaba a la organización industrial del trabajo una función mucho más fundamental para la nueva sociedad que la que podría deducirse de su papel visible: la producción de la riqueza material. La importancia de esa función quedó documentada en el pánico desatado periódicamente cada vez que circulaba la noticia alarmante: una parte considerable de la población adulta podía hallarse físicamente incapacitada para trabajar de forma regular y/o cumplir con el servicio militar. Cualesquiera fueran las razones explícitas para justificarlo, la invalidez, la debilidad corporal y la deficiencia mental eran temidas como amenazas que colocaban a sus víctimas fuera del control de la nueva sociedad: la vigilancia panóptica sobre la que descansaba el orden social. La gente sin empleo era gente sin patrón, gente fuera de control: nadie los vigilaba, supervisaba ni sometía a una rutina regular, reforzada por oportunas sanciones. No es de extrañar que el modelo de salud desarrollado durante el siglo XIX por las ciencias médicas con conciencia social fuera, justamente, el de un hombre capaz de realizar el esfuerzo físico requerido tanto por la fábrica como por el ejército.


Si la sujeción de la población masculina a la dictadura mecánica del trabajo fabril era el método fundamental para producir y mantener el orden social, la familia patriarcal fuerte y estable, con el hombre empleado («que trae el pan») como jefe absoluto e indiscutible, era su complemento necesario; no es casual que los predicadores de la ética del trabajo fueran también, por lo general, los defensores de las virtudes familiares y de los derechos y obligaciones de los jefes de familia. Y, dentro de esa familia, se esperaba que los maridos/padres cumplieran, ante sus mujeres y sus hijos, el mismo papel de vigilancia y disciplina que los capataces de fábrica y los sargentos del ejército ejercían sobre ellos en los talleres y cuarteles. El poder para imponer la disciplina en la sociedad moderna —según Foucault— se dispersaba y distribuía como los vasos capilares que llevan la sangre desde el corazón hasta las últimas células de un organismo vivo. La autoridad del marido/padre dentro de la familia conducía las presiones disciplinarias de la red del orden y, en función de ese orden, llegaba hasta las partes de la población que las instituciones encargadas del control no podían alcanzar.


Por último, se otorgó al trabajo un papel decisivo en lo que los políticos presentaban como una cuestión de supervivencia y prosperidad para la sociedad, y que entró en el discurso sociológico con el nombre de «reproducción sistémica». El fundamento de la sociedad industrial moderna era la transformación de los recursos naturales con la ayuda de fuentes de energía utilizables, también naturales: el resultado de esa transformación era la «riqueza». Todo quedaba organizado bajo la dirección de los dueños o gerentes del capital; pero ello se lograba gracias al esfuerzo de la mano de obra asalariada. La continuidad del proceso dependía, por lo tanto, de que los administradores del capital lograran que el resto de la población asumiera su papel en la producción.


Y el volumen de esa producción —punto esencial para la expansión de la riqueza — dependía, a su vez, de que «la mano de obra» participara directamente del esfuerzo productivo y se sometiera a su lógica; los papeles desempeñados en la producción eran eslabones esenciales de esa cadena. El poder coercitivo del Estado servía, ante todo, para «mercantilizar» el capital y el trabajo, es decir, para que la riqueza potencial se transformara en capital (a fin de ser utilizada en la producción de más riqueza), y la fuerza de trabajo de los obreros pasara a ser trabajo «con valor añadido». El crecimiento del capital activo y del empleo eran objetivos principales de la política. Y el éxito o el fracaso de esa política se medía en función del cumplimiento de tal objetivo, es decir, según la capacidad de empleos que ofreciera el capital y de acuerdo con el nivel de participación en el proceso productivo que tuviera la población trabajadora.


En resumen, el trabajo ocupaba una posición central en los tres niveles de la sociedad moderna: el individual, el social y el referido al sistema de producción de bienes. Además, el trabajo actuaba como eje para unir esos niveles y era factor principal para negociar, alcanzar y preservar la comunicación entre ellos.


La ética del trabajo desempeñó, entonces, un papel decisivo en la creación de la sociedad moderna. El compromiso recíproco entre el capital y el trabajo, indispensable para el funcionamiento cotidiano y la saludable conservación de esa sociedad, era postulado como deber moral, misión y vocación de todos los miembros de la comunidad (en rigor, de todos sus miembros masculinos). La ética del trabajo convocaba a los hombres a abrazar voluntariamente, con alegría y entusiasmo, lo que surgía como necesidad inevitable. Se trataba de una lucha que los representantes de la nueva economía —ayudados y amparados por los legisladores del nuevo Estado— hacían todo lo posible por transformar en ineludible. Pero, al aceptar esa necesidad por voluntad propia, se deponía toda resistencia a unas reglas vividas como imposiciones extrañas y dolorosas. En el lugar de trabajo no se toleraba la autonomía de los obreros: se llamaba a la gente a elegir una vida dedicada al trabajo; pero una vida dedicada al trabajo significaba la ausencia de elección, la imposibilidad de elección y la prohibición misma de cualquier elección.

Lo más visto